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Asignación de roles de género PDF Imprimir E-mail
Escrito por Camila Alvear   
Domingo, 27 de Julio de 2008 19:03

La persistencia de estereotipos que consignan a las mujeres como una fuerza de trabajo secundaria y las prácticas sociales que refuerzan roles reproductivos y domésticos tradicionalmente asignados a las mujeres, constituyen una fuente de discriminación que le pone una valla a éstas a la hora de buscar trabajo. Ello se manifiesta tanto dentro del hogar, por la intención de cónyuges e incluso de hijos de retenerlas en las labores domésticas, como a la hora de salir a buscar trabajo, por parte de las empresas. Esta discriminación se manifiesta primeramente en el acceso al trabajo, pero se mantiene durante y después de su vida laboral, lo que las hace más proclives a insertarse en trabajos en condiciones de informalidad, trabajos de jornada parcial, u otros atípicos que se derivan de los procesos de flexibilidad laboral[1].

Como hemos dicho, la participación laboral de la mujer está influida por percepciones culturales respecto del rol que la sociedad le ha dado en el hogar y en el cuidado de los hijos. De acuerdo a nuestros patrones culturales son por lo general las mujeres quienes asumen un rol más importante en las tareas domésticas; sólo un 2,9% de los hombres se dedican al trabajo doméstico como actividad principal[2]. Estas obligaciones familiares involucran generalmente también el apoyo escolar a los hijos, el cuidado de los ancianos, los traslados al médico y a los colegios, y otras tareas relacionadas.

Estas labores, que tiene que ver con la organización familiar o el llamado trabajo reproductivo -contraponiéndose al productivo o remunerado- es excluido del concepto de trabajo, por no integrarse en el circuito comercial y por carecer de un precio en el mercado. Pero esta conceptualización no goza de unanimidad, ya que como se ha expresado en el libro Las mujeres y el trabajo, Rupturas Conceptuales de Borderías, Carrasco y Alemany, los bienes y servicios que se producen al interior del hogar sí tienen valor cuando se compran en el mercado[3].

Como se explica por Borderías, Carrasco y Alemany, el debate en esta materia ha sido extenso, y tiene su origen a finales de los sesenta, donde se iniciaron muchas corrientes que buscaban explicar la naturaleza del trabajo doméstico. Es así como nace una teoría ligada a conceptos marxistas, que mantenía una tesis funcionalista, donde se consideraba que la condición de ama de casa de la mujer respondía a una lógica del capital, donde era el sistema capitalista el que requería que la mujer estuviera en la casa, a cargo de la manutención diaria del trabajador y de reproducir la fuerza de trabajo masculina. Posteriormente se dio origen a una teoría ligada al movimiento feminista radical, que comprendía el trabajo doméstico como un modo de producción específico, donde los hombres explotarían la fuerza de trabajo femenina a cambio exclusivamente de proveer su subsistencia, como un mecanismo de dominio patriarcal[4].

Probablemente, las autoras del libro en cuestión, tienen razón al concluir que lo confuso de este debate se debe a "la insuficiencia de las categorías productivo y reproductivo, que son excesivamente primitivas para el análisis de los problemas actuales"[5].

Pero lo claro es que, lamentablemente, la valoración -o infravaloración- del lugar que ocupan las mujeres en la sociedad, se manifiesta también en el no reconocimiento de la importancia del trabajo doméstico en el bienestar de los hogares, y que ambos trabajos, el remunerado y el doméstico, son necesarios para lograr la producción nacional y están estrechamente relacionados.

Este debate sobre el trabajo productivo y el reproductivo nos lleva a cuestionarnos cuál es el real enemigo: la naturaleza jerárquica de la división del trabajo entre los sexos, o la propia división del trabajo entre los sexos, o bien -lo que parece más correcto- si es necesaria la eliminación de ambas aseveraciones para lograr un desarrollo pleno de las mujeres. Podemos concluir que la ideología que sustenta la división social del trabajo por sexo constituye el principal obstáculo que enfrentan las mujeres para participar en el mercado de trabajo en condiciones de igualdad, y no sólo a causa de los prejuicios y presión social de cumplir con el rol de género, sino porque la estructura familiar ha variado en el tiempo y no así la ideología.

La familia tradicional, aquélla compuesta por un padre, una madre y los hijos, es una realidad de pocos hogares en nuestro país; hoy en día, alrededor de uno de cada tres hogares tiene a una mujer como la responsable directa de la manutención y del cuidado de los hijos[6]. El total de hogares cuya única proveedora es mujer ha crecido de 20,2% en 1990 a 25,9% en el año 2003, llegando a 29,7% en el 2006, lo que señala una clara tendencia a aumentar a lo largo de los años[7].

Sin embargo, el actuar de las empresas no se condice con esta nueva forma de estructuración social, y sigue rigiendo sus decisiones desde una visión tradicional de la familia, donde el trabajo de la mujer se define como una extensión de sus labores domésticas como veremos más adelante al analizar la segmentación ocupacional, entendida como la concentración de las mujeres en determinadas actividades laborales.

Como analizaremos en detalle al tratar la discriminación salarial, la dependencia económica de la mujer propia del modelo tradicional de familia, ha servido de fundamento a las empresas para considerar como secundario su trabajo remunerado en el ingreso familiar, justificando que tengan sueldos inferiores, y donde la subordinación política y social explica que ocupen lugares de menor jerarquía e importancia en su trabajo.

La ideología tradicional y los roles de género entran en pugna con la participación creciente de la mujer en el mundo del trabajo remunerado, donde ambos buscan ocupar todo el tiempo y vida de la mujer. Consecuencia directa de esta discriminación es un cúmulo de responsabilidades y obligaciones productivas y reproductivas que la mujer tiene que enfrentar, muchas veces sin contar con la colaboración de su marido y de los demás integrantes de la familia.

La empresa colabora a perpetuar la discriminación de la mujer a través de la reproducción de los roles de género; cuando circunscriben la función principal de las mujeres a la actividad doméstica o a ciertos y determinados mercados de trabajo; cuando consideran que su trabajo es secundario al ingreso familiar y justifican así pagarles menos y contratarlas por jornadas parciales, o bien cuando dice que por el rol que les toca a las mujeres cumplir en la familia y por aquellas consecuencias que derivan del solo hecho de ser mujeres, le significan un costo de contratación mayor que justificaría toda discriminación.



[1] Tokman, Víctor E., De la Informalidad a la Modernidad, Oficina Internacional del Trabajo, Santiago, 2001. p. 20.

[2] Servicio Nacional de la Mujer, Departamento de Estudios y Capacitación, Trabajo Doméstico, Santiago, 2006.

[3] Borderías, Cristina; Carrasco, Cristina; Alemany, Carmen, Las Mujeres y el Trabajo, Rupturas Conceptuales, Economía Crítica, Editorial Icaria, Barcelona, 1995. p. 22 a 37 y 255 a 259.

[4] Ibid. p. 22 a 37 y 255 a 259.

[5] Ibid. p. 22 a 37 y 255 a 259.

[6] Cabello, Paola; Mantelli, Constanza, La Mujer en Chile de Hoy, Diagnóstico y Propuestas, Instituto Libertad, Ideas Para Chile,  Santiago, 2005. En:  http://www.institutolibertad.cl/p_198.htm, visitado el 02-01-08.

[7] Rojas V., María Luisa; Pizarro R., Paula, Servicio Nacional de la Mujer, Departamento de Estudios y Capacitación, Santiago, 2007. p.5.

Última actualización el Domingo, 07 de Septiembre de 2008 20:31
 
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